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Arjona, el Grande

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  • 06 Mar 2015 02:23:36

Dos mil caracteres

Se me llenó el corazón de enorme alegría y dije para mis adentros: ese es Arjona, el Grande

Conocí a Ricardo Arjona allá por el año 1985. Yo iniciaba mi primer período como director de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Él cursaba el segundo año de la carrera de Publicista Profesional. Aquella tarde sería memorable y no la olvidaría jamás. A mi oficina llegó un grupo de estudiantes que exigían el cambio de un docente. Cuando les pregunté la razón, me indicaron que había ofendido a Arjona, más o menos con esta frase: “Arjona, usted mejor dedíquese al canto”.

Al escuchar la versión del catedrático me confirmó que sí le había dado aquella recomendación, sin ánimo de ofender. Pues verá, le dije, el es cantante y le ofendió su comentario. Como consecuencia de aquella circunstancia, le solicité al docente que declinara su clase y en consecuencia, asumí la asignatura hasta el final de semestre. Arjona fue mi alumno, por azar del destino.

A la sazón yo también dirigía un colegio de educación media en la capital. Un día de tantos, la junta directiva de ese centro educativo organizó una presentación artística con Ricardo Arjona. La forma cómo lo contactaron ya no la recuerdo. Lo que sí quedó grabado en mi mente fue el comentario de los estudiantes al día siguiente de la velada. ¿Cómo les fue?, les dije. Con un expresivo gesto uno de los alumnos me dijo: “Solo estuvimos los de la junta directiva, Arjona y su representante, pero pasamos una noche inolvidableRicardo cantó con su guitarra hasta más no poder. “Arjona llegará lejos”, les dije, “porque es un artista responsable”. Cualquier cantante habría declinado al ver que no tuvo público masivo.

Luego de algún tiempo, caminaba yo por la novena calle de la zona 1, cuando, de repente, un auto BMW, modelo viejito, se detuvo delante de mí. El joven que descendió era nada menos que Ricardo Arjona y con un exquisito acento de humildad me extendió su mano y me dijo: “Director, qué gusto saludarlo”. Conversamos por breves minutos sobre su vida artística. “Allí, haciendo la lucha”, me dijo. “Usted llegará muy lejos porque es un gran ser humano”, le respondí. Me agradeció las palabras y con un nuevo apretón de manos se despidió y se subió a su carro.

No volví a saber de Arjona hasta después de algunos años que sus compañeros me dijeron que se había marchado a México. Algún tiempo después, las radios inundaban con sus primeras canciones: “Jesús verbo, no sustantivo”, “Señora de las cuatro décadas”, “Si el Norte fuera el Sur”, y tantas otras que desfilan por mi memoria.

Esta semana, el pasado lunes, cuando degusté el concierto de nuestro compatriota, ofrecido en Viña del Mar, Chile, en ese “monstruo” de al menos miles de fanáticos aplaudiendo hasta desfallecer, se me llenó el corazón de enorme alegría y dije para mis adentros: ese es Arjona, el Grande.

Por Carlos Interiano

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    Cabe un siglo en este martes por la noche, dueles más que el peor dolor que se inventó.
    El espejo lanza dardos de reproche, hoy empieza lo que ya se terminó.
    La esperanza se tiró por la ventana, el insomnio se quedó a vivir aquí.
    El ayer lo dejó todo pa’ mañana, y el mañana cuando esté yo ya me fui.
    No consigo respirar, hago apnea desde el día en que no estás.
    Caigo hasta el fondo del mar, arañando la burbuja en que no estás.
    Imposible respirar, el oxígeno se fue de este lugar.
    Te regalo esta canción desesperada, desabrida como lunes por la tarde.
    Colapsado caigo al fondo y en picada, y no tengo ni el valor pa’ ser cobarde.
    Prisa de rendirse y claudicar, descenso en espiral profundidad.
    Amnesia de pelear por respirar, deseo de rendirse en soledad.
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